
Todos los
viernes solía repartir café a las personas con situación de calle. Era un
servicio que me gustaba hacer bastante y sobre todo en las fiestas de navidad y
año nuevo porque había un recibimiento más afectivo de parte del indigente.
Recuerdo que
el año pasado salimos a repartir café como siempre; teníamos todo tipo de
comida, desde pan hasta comida china. Comenzamos por el sector del Morro y
avanzamos hasta llegar al sector de Baquedano y ahí fue donde encontramos un
grupo grande de esos “hermanos” que estaban celebrando su año en conjunto, así
que nos acercamos y compartimos con ellos. Comimos, reímos, jugamos y contamos
historias; fue una gran noche.
Cuando ya
nos íbamos, uno de los caballeros que acompañábamos se levantó y se acercó a
mí; me dijo que yo era un gran hombre y que merecía buenas cosas. Y al terminar
de decir esto, se sacó su chaqueta y me la regaló. Me pregunté por qué en mi
mente y sentí que era mejor recibirla.
Al llegar a
mi casa pensaba bastante en todo lo que había pasado y me hacía sentir bien.
Entendí que a veces las personas que uno menos espera y con pequeñas acciones
pueden sorprenderte y hacerte sentir feliz.
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